(Carmencita’s version)

Mi columna de los veintes empieza con la frase “decidí quedarme a vivir en la emoción del sexo en la primera cita” pero lo cierto es que a mis treintas no puedo recordar cuándo fue la última vez que me acosté con alguien que apenas conocí. No estoy segura de haberlo visto con suficiente claridad entonces pero me celebro exaltar en esas líneas más la emoción que la experiencia porque, siendo honesta, tampoco recuerdo esos encuentros como especialmente extraordinarios.
No son pocos los riesgos a los que me expuse en mi juventud y estar de noche frente a la puerta de un desconocido está lejos de ser el peor de ellos. Sin embargo, al mirar atrás, es inevitable que me atraviese el cuerpo la sensación de haberme salvado de algo. Por algún motivo atribuible a cualquier fuerza mística, salvo que las expectativas carnales -propias o ajenas- no terminaran satisfechas, cada uno de esos episodios sumó una anécdota y no una cifra roja en una edad en la que llenar de relatos la existencia misma parecía suficiente victoria ante el peligro.
Lo que descubro en retrospectiva es que mi cabeza empezó a acumular historias ajenas, con cuerpo de mujer, que me aterrorizaban toda. Militar los feminismos significó el registro permanente de violencias, la denuncia sostenida de una guerra en contra de nuestras vidas y poco a poco la incorporación de medidas de autoprotección que no en pocas ocasiones terminaron por restringirnos de experiencias vitales. Nos narramos desde una herida que nos hizo inventarnos “espacios seguros” muy urgentes pero que se resignaban a la inseguridad del resto del mundo.
Pienso en esa yo de manos sudadas, temerosa de que la cita terminara mal, cuando “mal” para ella significaba un polvo mediocre y no la posibilidad de no volver a casa. Recuerdo esa emoción que me invitaba a agarrar el mundo a dos manos, aferrada a que nadie pudiera quitarme nada: ni una experiencia, ni una calle, ni una fiesta, ni un amor. Me pregunto ahora por los temores de las que han venido después de mí, a quienes no sé si hemos invitado lo suficiente a cuidarse del peligro sin dejar de vivir con pasión y lujuria.
Hay un Estado que no se ha tomado en serio la desaparición de personas, una sociedad que sigue fiscalizando la sexualidad de las mujeres y una juventud que crece aislada de sus contemporáneos pero salvajemente abrazada por discursos virtuales que amplifican, al tiempo en que banalizan, las violencias. Pero veo también unas generaciones más informadas sobre el consentimiento, con mejores herramientas para hacer frente a las agresiones y con mayor acceso a la información en su búsqueda por el placer.
Porque sí, once años después sigo militando el sexo en las primeras, segundas y el resto de citas. Sigo creyendo que explorar, experimentar, cometer errores y venirse a chorros es derecho de todas siempre: a los quince, veinte, treinta o sesenta. Y eso también me lo regalaron los feminismos, el saberme merecedora del placer, el liberarme de culpas que no eras mías pero que se me incrustaron tan adentro que sacarlas tomó años, tristezas y dolores pero también besos apasionados, romances intensos y amores que permanecen.
Los feminismos me convirtieron en animala salvaje que, ante el temor, decidió seguir cogiendo el mundo a dos manos y defenderlo en su poder con uñas y dientes. Me liberaron de la expectativa de ser una femme fatale que satisfacía a cualquiera menos a ella misma y me regalaron el sosiego de culear (tal vez) menos improvisadamente pero (con seguridad) más satisfactoriamente. Me enseñaron a reírme de las veces en las que yo misma no lo hice tan bien y a asumir con tranquilidad que en este contexto patriarcal muchas veces seguiremos siendo objeto de sospecha pero que nadie nos quita el camino andado. Los feminismos me dieron las palabras que doman el deseo y lo hacen sagaz ante el peligro.
Así que, amigas adolescentes y veinteañeras: les juro que todo se pone cada vez mejor y más rico. Que el cuerpo cambia y una se reconcilia con ello; que lo descubre y lo conoce a fondo; que una aprende a hacer de sí misma un espacio seguro protegido por una fiera que también sabe lamer sus heridas… y que lxs cretinxs pasan y se olvidan pero que a unx buenx amante siempre es posible volver a tocarle la puerta.
Lee mi columna de hace once años en la siguiente página.
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