Once años después…

Hace poco más de un año cerró Shock.co, el primer medio que me pagó por escribir. En marzo de 2015 recibí una llamada, luego un correo electrónico, de Mariángela Rubbini, la entonces Directora de la Multiplataforma. Shock buscaba una colaboradora externa para la columna semanal de sexo y yo, en los primeros años de mis veintes, vivía con una fogosidad que se debatía entre el performance, las prácticas autodestructivas y una defensa del hedonismo que apenas empezaba a encontrar vocabulario.
Pocos meses antes había salido de mi casa familiar, vivía en una habitación pequeña en el barrio San Luis y andaba devorando las calles bogotanas en una bicicleta de ruta color baby blue, junto a una pitbull que hace poco más un año también murió. Entonces, la habitación me costaba 350 mil pesos, fuera de servicios, cursaba mi pregrado en Historia y trabajaba medio tiempo en una ONG que me pagaba 500 mil pesos mensuales, de los que debía descontar el pago de seguridad social. Sí, yo también me pregunto todavía cómo la lograba financieramente -aunque no siempre- cada mes.
“Vimos tu blog y nos gustó mucho la forma en que escribes.” dice el mail que todavía conservo en la bandeja de entrada del que hace mucho dejó de ser mi buzón principal. Mariángela me dio un tema: “Sexo en Semana Santa” y el camino libre para escribir lo que yo quisiera, en ojalá no más de cuartilla y media. “Pues déjame decirte que nos encanta la forma en la que escribes. Tienes un sello del putas y eso es lo que estábamos buscando” dice su respuesta al primer borrador que le envié. El siguiente correo incluye la ruta de contratación y la oferta económica: 150 mil pesos por columna semanal.
Soltera en viacrucis fue el título de esa primera colaboración. La soltería, otra de mis grandes obsesiones que hasta no hace mucho defendí salvajemente como parte de mi identidad, abrió la puerta a ese espacio semanal en el que hablé sobre pornografía, masturbación, lesbiandad, reproducción, drogas, perreo, sexo con desconocides y, por supuesto, feminismo. Fui editada por Luis Mayolo, Juan Pablo Castiblanco y David Chaka, quien luego de más de 4 años al frente de la publicación, vivió su inesperado cierre. (En este texto escrito a cuatro manos junto a Nathalia Guerrero pueden conocer su lado de la historia).
Con el cierre de Shock, textos que escribí a lo largo de seis años desaparecieron de internet. La disciplina semanal con la que inicié el espacio fue haciéndose cada vez más pausada, los temas amenazaban con agotarse, las historias propias también y, sobre todo, las certezas contundentes con las que una veinteañera narra su propio mundo terminan por difuminarse. Los errores, muchos, incontables, empezaron a acumularse y a pesar, a hacerme dudar de una voz pública, masiva, que también me cobró factura.
El “yo” de A Calzón Quitao, el nombre que tuvo la columna hasta su final, pero que ahora en la arqueología digital a la que me entregué para hacer este ejercicio recordé que propuse titular A Calzón Mojao, se quiso transformar en un “nosotras” y esa columna se volvió mi primera trinchera pública del discurso feminista que hoy, a pesar de tantas críticas y renuncias masivas, todavía enarbolo con fruición.
Escribí reseñas de colectivas feministas que nacían, entrevisté a personajes como Esperanza Gómez, símbolo nacional, Nadya Tolokno de las Pussy Riot (mi primera entrevista en inglés) y cubrí fiestas y festivales eróticos como el Kinky Circus, de la entonces actríz porno Amaranta Hank, ahora Senadora electa.
El feminismo creció, se hizo mainstream, el movimiento #MeToo y las redes sociales lo convirtieron en un debate pop y en un nuevo sector del mercado. También avanzó a pasos agigantados al conseguir un respaldo mayoritario que, como mi yo de hace diez años, navegaba en un discurso liberal y superficial. Todavía no sé el costo que la masividad pudo suponer para una radicalidad urgente en la lucha por el desmonte estructural de los sistemas de opresión.
En la visibilidad de las mayorías, la sociedad de la hipervigilancia cosechó un nuevo escenario para que todos, todes y todas encontraramos formas de ejercer nano controles sobre les demás. El flujo multidireccional de la información nos hizo creer que el poder estaba descentralizado y, de repente, el enemigo superestructural fue reemplazado por la carne abierta que teníamos más cerca: la de otras que se llamaban feministas o activistas. Algoritmos salvajes y el manoseo del concepto “digna rabia” legitimaron tonos y formas hostiles de habitar el mundo digital… y claro que yo hice parte de ello.
En el inclemente afán por “poner las cosas en orden” se desvanecieron las fronteras espaciotemporales y cualquiera pudo ser juzgade por la palabra dicha en vidas pasadas. Los matices de la experiencia humana, esas formas grises en las que habita la radicalidad de los criterios, no se permitieron más. En medio de un discurso por la eliminación del pensamiento binario, solo quedaron dos formas correctas de militar y organizarse: la propia y la equivocada.
Sin considerar que el conocimiento se ha construido siempre en la simultaneidad de los relevos, en la acumulación de pensamientos y debates que cuentan con las limitantes de su época y contexto, todes tuvimos la obligación de tener la palabra definitiva, el pensamiento inamovible, la militancia sin defectos, la vida sin las complejidades que violenta y superficialmente llamamos contradicciones.
Así, la hipervigilancia y el control cumplieron su cometido: el disciplinamiento y, con él, la inmovilidad y el silencio. El movimiento feminista menguó, el retiro público y la afirmación de la insuficiencia de un concepto quisieron que nos desvincularamos de escenarios con toda la vocación de ser transformadores; el temor a no ser suficientes gobernó nuestras vidas y la quietud casi absoluta, a veces acompañada de arrepentimiento, nos entregó a una comodidad que también abandonó a quienes nunca dejaron de resistir. Mientras tanto, nuestro repliegue contribuyó a la avanzada de una ultraderecha fascista -valga la redundancia- que hoy, sin vergüenza de ningún tipo, sigue cobrando vidas, arrebatando derechos y condenando a les subalternizades a la miseria y el sufrimiento.
Yo, pública, masiva, exhibicionista, busqué resguardo en espacios más privados y que consideré seguros para exteriorizar todas las dudas, sentires y culpas que en la avalancha de información y velocidad no nos estábamos permitiendo transitar. Así nació el Club de Lectura Feminista y Alharaca Radio, que durante cinco y siete años fueron y han sido mi hogar amoroso y compasivo.
En el último año y medio murió Shock, murió mi perrita Frida y murieron tantas versiones de mí que hoy, con un abrazo compasivo y ante la necesidad urgente de reavivar en mí esa fogosidad y determinación que hace once años me permitieron lanzarme al público, empiezo esta serie de columnas.
Más de once años después puedo mirar a los ojos a esa yo liberal que reivindicó prácticas y discursos que hoy rechaza, a esa joven que seguro no escribe como lo hago hoy pero que, aún así, no tuvo miedo de hacerlo… o, mejor, que lo hizo a pesar del miedo.
Nunca dejé de escribir, pero hace mucho dejé de hacerlo a nombre propio y aquí estoy, de vuelta, decidida a responderle a cada una de mis versiones pasadas que alguna vez miré con vergüenza. Con el mismo pseudónimo con el que me hice pública y que no en pocas ocasiones pensé cambiar para distraer la huella digital que me estaba pesando tanto.
Aquí empieza una serie de once respuestas a once columnas que hace once años escribí. Ojalá puedan discutirlas conmigo.
Pdta: Gracias totales a Alharaca y a Lor, que editará estas columnas, por su mirada paciente, por acompañarme tantas veces que dudé de mí y de nosotras, por cumplir sueños a mi lado y por respaldarme siempre en lo que sabemos un tránsito colectivo. Este es un paso más.

Once años después de mí es un ejercicio en el que la autora responde a once de sus columnas publicadas once años atrás. Léelas todas aquí.
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