Palabra en el margen

En su ensayo Crítica cultural y sociedad de 1949, el filósofo alemán de inspiración marxista Theodor W. Adorno arrojó una sentencia que tendría que matizar más tarde: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»

Para Adorno, que habría tenido que exiliarse en Nueva York huyendo del nazismo, la posibilidad de encontrar belleza luego de que el mundo hubiera sido testigo de una crueldad inenarrable resultaba no solo inimaginable, sino profundamente despiadado. ¿Qué hacer entonces con la palabra? El mutismo mortuorio, la solemnidad fúnebre y la culpa vergonzante parecían las únicas alternativas para lidiar colectivamente con la memoria del holocausto.

Treinta años después del llamado al silencio poético de Adorno, y mientras la uruguaya Cristina Peri Rossi escribía desde el exilio al que la arrojó la dictadura de su país, nacía en la Alta Galilea el poeta palestino Marwan Makhoul, de ascendencia también libanesa. En medio del estruendoso genocidio en contra de sus pueblos, Makhoul no conocería la posibilidad de pensar la quietud y mucho menos el sosiego.

Adorno reconocería años después que la angustia no puede ser inhibida, que el dolor tiene derecho a expresarse y que la no repetición de Auschwitz debía convertirse en un imperativo categórico. Señaló también que la condición psicológica que permitió que el holocausto ocurriera fue la incapacidad de los hombres (y mujeres) de reconocerse en los demás: “el silencio bajo el terror fue solamente su consecuencia.” (​​La educación después de Auschwitz,1966)

Las vidas de Adorno, Peri Rossi o Makhoul pueden leerse como una sucesión de acontecimientos crueles de dimensiones vulgares, pero son también una historia de disputa de sentidos que emerge bajo los escombros. La violencia, que aparece en la desestructuración de los vínculos y la degradación de los pactos éticos, da pasos atrás cuando nos reconocemos en la experiencia subjetiva de les demás; una experiencia que encuentra su lenguaje más fértil en las formas poéticas y literarias.

Allí, en la humanidad visceral que no reconoce acuerdos internacionales de impunidad, en ese lugar en el que germina el terror, el odio y el sufrimiento, florece también la esperanza, la compasión, la belleza y el canto de los pájaros que pone fin al mutismo que ninguna palabra nunca.


Mientras cesa el bombardeo, nos siguen quedando los márgenes.

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